Es tarde, la gente sigue creyendo que llueve aquí. Calles, luces, de noche y una bulla abrumadora. Pasan cientos sin siquiera mirarse, cada uno aparentando tan mal el no estar pendiente de lo demás. Retener alguna imagen en la memoria, recordar ese delicioso sabor, sentirse satisfecho más allá de lo físico -con el alma, en su retórica de porquería, el aroma. Más que todo eso en un instante, las imágenes se convierten en miles; de esta manera, los sabores y los aromas y aquello que haya podido tocar. Y allí estaba América. 

No la esperaba, pero fue inevitable que detuviera el curso de natural de mis asuntos por algunos segundos. Sentí, como no había logrado sentir antes, esa calidez que desde hace muchos años había estado esperando y de la que recién me había percatado. La quiero- y, fue así, como le sumé un problema a mi programa y terminé por irme definitivamente al diablo. 

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