Enrique era un hombre apuesto, para aquellas épocas en las que los hombres de bigote vestían ternos color pastel y dejaban sueltos los primeros botones de la camisa para mostrar orgullosos el vello abundante en el pecho (el estereotipo clásico de los galanes de las novelas mexicanas). Me enamoré de él durante mis primeros años, él me dio mi primer beso o es lo que quiero creer para lograr desacreditar a totalidad a esos imbéciles que creyeron darme mis muchos primeros besos. Enrique era aprista o lo es, la verdad es que ya no lo comprendo porque habría que analizar un tanto las diversas corrientes ideológicas que parten de una sola y a la cual "se supone" no se le debería de sacar la vuelta -así como le dicen. Enrique es uno de los hijos de un recontrasuperarchihomenajeado co-fundador del partido al cual él pertenece y al cual agradece sus gratificantes favores, héroe de una revolución que no levantó mucho polvo pero que a diferencia dejó muchos muertos, ex-perseguido político desde el gobierno de Sánchez Cerro, además de ex-presidiario al ser acusado del asesinato del director de un viejo diario que ya nadie recuerda y luego absuelto por una desapercibida Corte Internacional de Justicia -aunque lo último me suene más a leyenda urbana. La verdad es que fuera de la Casa del Pueblo nadie lo conoce y seguramente ocurre similar por las calles de Trujillo. Alguien habrá de orinarse cerca a su tumba, ubicada al lado de la tumba huachafa que le levantaron a Haya de La Torre; por lo mismo, habrán de orinarse con justa razón, ya sea por desprecio o tirria o simple y ridículo descuido, cualquiera de ellas no deja de ser una anécdota graciosa (como para contársela a la novia de tu hijo mientras se toma leche fresca, se come queso y se da de comer a las palomas evitando alguna multa municipal). Pero no olvidemos a Enrique. Bueno pues, Enrique como buen aprista es soberbio, arrogante, facho extra-oficialmente y nació en Trujillo aunque muchas veces su mujer lo insulte de "limeño", lo cual se convierte en un gran motivo para volverlo iracundo como si el poner en tela de juicio su origen trujillano le restara prestigio a su calidad de aprista. Más allá por asuntos menos románticos, Enrique engañó a su esposa en diversas ocasiones con mi madre que seguramente estaba muy apetitosa a sus diecisiete años -yo la amo ¿por qué alguien más no querría amarla? Enrique se volvió loco de amor por ella a sus treinta años y abandonó esposa e hija, dinero, lugar en el Colegio de Abogados y seguramente el respeto de algunos por la calentura de cabeza que le dio aquella muchachita. En simples palabras, Enrique se fue a la mierda. Y sí que se fregó un tanto, al verse feliz a pesar de sus tragedias, se había enamorado de una coqueta mujer embelesada con una falsa doctrina (como ocurre hasta ahora, su fanatismo exacerbado que ha sacado de quicio a muchos). Pero, por favor, no olvidemos de nuevo a Enrique. Enrique siempre tuvo un carácter complicado, excepto para quienes nunca le dijeron que era un reverendo hijo de puta. Aún recuerdo verlo correrse de niños con moco acuoso resbalando de la nariz, porquería en las manos y ganas de saludarlo al querer sujetarlo de la pierna. Enrique, por otro lado más bochornoso, se encuentra circuncidado desde su pobre infancia para salvaguardar una idea alternativa de la higiene y un sentido más familiar de la religión y las buenas costumbres. Dije "pobre infancia" porque Enrique vivió sin un padre para mantener la economía de su familia hasta los trece años, cuando fue que recién lo dejaron en libertad. Enrique no se cansa de contar sus historias cuando niño -que son una maravilla por cierto- además de sus hazañas por Europa, como cuando estuvo a punto de casarse con la hija de un jeque árabe dispuesto a pagar la deuda externa latinoamericana y "etcétera". El asunto es que, a pesar de todo lo aquí contado, Enrique (ahora casi anciano) se siente frustrado y arrepentido por no haberse aventurado a otras opciones. No me lo dice, pero considera en gran parte su miseria por encontrarse sin dinero en los bolsillos. No sé qué pensar, y no interesa mucho a decir verdades. Enrique no le tuvo más miedo a la pobreza que a la misma mediocridad, pero eso él aún no lo sabe. Enrique ya se va, y todavía se resiste a obsequiarme a diario sus diez miserables soles.