Busco. Busco a alguien, no sé. Busco a Isabel, no se deja encontrar. Isabel me dijo que la fuera a ver, se creía bonita con las pestañas largas en rímel. Me dijo que la llamara, mas yo creía tener su número. Llamo a casa. Llamo a casa tres veces. Me avisan que devolverán mi llamada. Nada. Nadie llama. Llamo a Enrique pero él nunca se encuentra para alguien más. Llamo a Fresa y susurra para mí, pero no está dispuesta ahora. Ya no sé a quién llamar. Estoy solo, hace sol pero tengo frío aquí. Son girasoles enanos, no margaritas. Hay cientos, miles y a la vez uno. Hace una hora no abro la boca, no muevo los labios, no digo nada. Ni una palabra ni para mí. No estoy solo porque me tengo, pero hasta yo mismo me quiero dejar. Qué pena. El hombre de las pecas rojas me dijo que no sintiera pena por nadie, que a nadie le gustaría saber que se le tiene lástima. Ya no tiene las canas negras, sólo lo veo tender la misma cama. Entonces, recibo su llamada (...)