Sus visitas se irán convirtiendo en algo más ameno, volverán las rosas y las parlas con respecto a ellas. El desayuno en las mañanas de verano, las canciones de amor en la radio mientras mamá lee el periódico esperando algún suceso paranormal, la próxima mascota que habrá de morir eventualmente, la menarquía de las Isabelitas. Vendrá a acompañarnos esa mujer con su novio de hace más de treinta años, sus flatulentos hijos gordos y su afección extraña en la tiroides. Alguien volverá a plantar el mismo sauce, la bodega de licores reabrirá al público para ofrecer el verdadero tratamiento para el alcoholismo -puesto que nadie duda de que es una enfermedad. Se reunirán en una mesa de madera pequeña para volver a comer muy apretados, nadie volverá a romper los platos ni a tirar la comida por puro capricho. A nadie se le repetirá que se está en problemas y que necesita de muchísima comprensión, a nadie más le importará encontrarse solo. Volverán los loros en la higuera y, con ella, sus duendes color pastel; el llanto de espanto de la niña que no fue bautizada a tiempo. Le saldrá salpullido en el cuerpo y junto a sus hermanos lo bañarán en una tina con agua caliente de la misma tetera y un poquito de Muñequitazul. Me alimentaré de lo más hermoso, casi surrealista cuya esencia nadie más pueda arrebatarme. Nos vamos a decir que nos amamos y que nos detestamos al mismo tiempo. Vamos a correr, correr y correr pero muy despacio. Haremos que nuestro festín perturbe toda la cuadra, sobre todo a esos vecinos que parecen tener un afta en el culo. Alguien notará por fin que la casa no está vacía, que solamente fue un rumor y que está invitado a pasar. Sí, adentro.