La muñeca que siempre quise está fuera del empaque, no puede ser lo mismo. Está usada, aunque mantenga su forma y las piezas en cada lugar. La tengo ahora, no comprendo. Debo amarla mucho como para convencerme de que con nadie podría estar mejor. Estoy aliviado, entonces. Lo demás no importa.
Se puede tener todo.
Puedo comerme el aire a borbotones,
puedo a borbotones.
Puedo manejar una bicicleta,
tener la cuchara en la boca,
masticar.
Puedo sentir,
aunque lo sienta poco o mucho.
Puedo poco además,
morir por pausas.
Como aquel humano que
busca acapararlo todo,
incluso el morir.

Ay, qué mediocre se puede ser
cuando se intenta poco
y ese poco significa todo.

Breve reseña

[...]

A partir de ese momento no sólo dejó probar su corazón;
sino sus retinas, sus raíces y sus senos -como sus sueños-
 que lo alimentaron de algo para lo cual aún no existe nombre.

Tomaron sus llaves, se tomaron a sí mismos, papeles y un lápiz;
 así, se hicieron uno solo y -al mismo tiempo- muchas tantas veces
que dolió el mundo cuando sus almas se partían para volverse a unir.
Busco. Busco a alguien, no sé. Busco a Isabel, no se deja encontrar. Isabel me dijo que la fuera a ver, se creía bonita con las pestañas largas en rímel. Me dijo que la llamara, mas yo creía tener su número. Llamo a casa. Llamo a casa tres veces. Me avisan que devolverán mi llamada. Nada. Nadie llama. Llamo a Enrique pero él nunca se encuentra para alguien más. Llamo a Fresa y susurra para mí, pero no está dispuesta ahora. Ya no sé a quién llamar. Estoy solo, hace sol pero tengo frío aquí. Son girasoles enanos, no margaritas. Hay cientos, miles y a la vez uno. Hace una hora no abro la boca, no muevo los labios, no digo nada. Ni una palabra ni para mí. No estoy solo porque me tengo, pero hasta yo mismo me quiero dejar. Qué pena. El hombre de las pecas rojas me dijo que no sintiera pena por nadie, que a nadie le gustaría saber que se le tiene lástima. Ya no tiene las canas negras, sólo lo veo tender la misma cama. Entonces, recibo su llamada (...)
Pobre de la mujer que no se muestre risueña en fotografía. Si esta es en blanco y negro, será mínima la pena porque la falta de colores sabrá camuflar la lástima que siente por sí misma.

Segundo caso

La tragedia de la lamparita decorada
que quiere convertirse en un mueble desgastado.
Le pidió al despertador que rompiera su bombilla,
entonces aquel le dijo que no se encontraba dispuesto.
Le pidió al porta-retratos que quebrara sus detalles,
entonces aquel le dijo que no se encontraba dispuesto.
Le pidió al tapete que llenara de polvo su tulipa,
entonces aquel le dijo que no se encontraba dispuesto.

El mueble desgastado que nunca no se dio cuenta
cuándo fue que lo maltrataron tanto.

Primer caso

El caso de la lamparita decorada que quiere alumbrar todos los espacios,
cubrirlos todos con su calor y supuesta candidez mientras encuentre energía.
El caso del mueble viejo, sucio y roído que le hace siempre compañía;
a su costado nace la sombra que produce por el solo hecho de encontrarse allí.

Qué magia, pero a la lamparita no le hace ninguna gracia.
Partir de todo y a la vez de nada.
Partir de ti, de ella, 
del hombre de las canas negras
que aún vigila ilusiones.
De mis demonios que ya se van,
de algo más dulce.
Y algo más dulce que eso mismo.

Bolero

Por mirarte con dulzura, quieto yo me quedo
aguardando tranquilo de tu carne tan cálida y fresca.
Y enfermo estoy porque de aquí ahora vivo
lo que por tus aromas no esperaba antes encontrar.
No ven la hora de arrancarme los vellos de la cara
y yo espero a que nunca se me salgan las raíces
y, así, mis cejas se transformen en árboles
y broten las flores más grandes y más hermosas
y yo me convierta en nido y en fuego y en amor.
Intenta volar y no caer para darse de cara contra el piso. No quiere sangrar.
Difícil, puede saltar mientras. Puede ser paciente a veces.