[...]
A partir de ese momento no sólo dejó probar su corazón;
sino sus retinas, sus raíces y sus senos -como sus sueños-
que lo alimentaron de algo para lo cual aún no existe nombre.
Tomaron sus llaves, se tomaron a sí mismos, papeles y un lápiz;
así, se hicieron uno solo y -al mismo tiempo- muchas tantas veces
que dolió el mundo cuando sus almas se partían para volverse a unir.