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Que amo tu materia 
y particularmente amo.
Tus cabellos nauseabundos, 
tus pies repugnantes, 
tus dedos destrozados por ese hábito negligente, 
tu esclerótica enrosada e imprudente. 
Tu tacto infecto, 
tu poder inmundo. 
Entrar en comunión con tu sexo 
horroroso que palpita, 
vulnera y desgarra las comisuras mías.

Más tarde, 
cuando trascienda tu sustancia, 
aquello que amo más, ¿qué más?
Adoraré tu espíritu. 
Único fragmento inmaculado, 
solamente mío.
Aleluya,
santísimo sacramento.

SIN DIOS, NADA SOMOS

Voy a bajar las escaleras, cerraré la puerta, caminaré.
Me veré los pies en cada paso, encorvado,
y levantaré de inmediato la mirada para estremecerme:
El terrorífico letrero en la parte posterior del auto.
Sentir que pierdo 
a cincuenta 
a cuarenta 
kilómetros 
centímetros
de aquí 
resolver un inconveniente 
arrancar un estorbo 
absorberlo sutilmente 
no lograr materializar 
un sentimiento 
ponerlo por escrito 
estoy aquí 
he venido 
acabo de llegar 
a este mundo 
sin suerte 
es decir 
mejor dicho 
al mundo Sinsuerte 
el alimento
sinsuerte 
la pecera 
la balanza 
fermentada 
tomarme 
la temperatura 
la infusión 
el descanso 
el medicamento 
de nuevo 
al medicamento 
desahuciado 
de pronto despierto, 
estás a mi lado.
Comeré de tus cosechas,
tocaré mi vientre con tu pequeña disimulada tristeza.
Pero qué terriblemente bueno es poder llegar a casa con la expectativa de saber al fin qué han preparado para comer. Así debe de ser, más o menos, sentirse afortunado cualquiera de estos días.

Dios te salve

¿Acaso no ves/no logras alcanzar a sentir
cómo se quiebran las nubes en el cielo,
cómo súbitamente ha caído una gota de rocío
mientras la luz del sol fragmentaba tu ventana?

¿Te diste cuenta
cómo es que mi madre me trajo el almuerzo hoy
cuando no lo esperaba
y saber
que sus manos envolvieron con un secador blanco de tela vieja
los platos en los que ahora puedo alimentarme
y se encargó de mantenerlos calientes y rozagantes
y de hacerme creer que no importa, que lo hizo con descuido,
cuando no la esperaba;

cómo es que se me alborota el corazón,
las propias hormonas y se me asalta la vida
al siquiera tener la ligera sospecha
de que algo destruye dentro de mí
de inmediato/deprisa?
Es tarde, la gente sigue creyendo que llueve aquí. Calles, luces, de noche y una bulla abrumadora. Pasan cientos sin siquiera mirarse, cada uno aparentando tan mal el no estar pendiente de lo demás. Retener alguna imagen en la memoria, recordar ese delicioso sabor, sentirse satisfecho más allá de lo físico -con el alma, en su retórica de porquería, el aroma. Más que todo eso en un instante, las imágenes se convierten en miles; de esta manera, los sabores y los aromas y aquello que haya podido tocar. Y allí estaba América. 

No la esperaba, pero fue inevitable que detuviera el curso de natural de mis asuntos por algunos segundos. Sentí, como no había logrado sentir antes, esa calidez que desde hace muchos años había estado esperando y de la que recién me había percatado. La quiero- y, fue así, como le sumé un problema a mi programa y terminé por irme definitivamente al diablo. 
sus maneras
hoy salí de nuevo a la calle
esperando encontrarlo

y encontrar
todas tus maneras
esas que me agitan
dos veces por semana

dame cuerda
dame cuerda
dame cuerda
porque lo soy todo
mientras estés
y así
mientras pueda casi rozar
ése
tu obcecado amor
tu calidez
tus maneras
tus maneras irritantes
de llevarme contigo

y observa
cómo es que me asaltas
haciéndome perder el curso
de la misma ortografía

ésas
todas tus maneras

Enrique

Enrique era un hombre apuesto, para aquellas épocas en las que los hombres de bigote vestían ternos color pastel y dejaban sueltos los primeros botones de la camisa para mostrar orgullosos el vello abundante en el pecho (el estereotipo clásico de los galanes de las novelas mexicanas). Me enamoré de él durante mis primeros años, él me dio mi primer beso o es lo que quiero creer para lograr desacreditar a totalidad a esos imbéciles que creyeron darme mis muchos primeros besos. Enrique era aprista o lo es, la verdad es que ya no lo comprendo porque habría que analizar un tanto las diversas corrientes ideológicas que parten de una sola y a la cual "se supone" no se le debería de sacar la vuelta -así como le dicen. Enrique es uno de los hijos de un recontrasuperarchihomenajeado co-fundador del partido al cual él pertenece y al cual agradece sus gratificantes favores, héroe de una revolución que no levantó mucho polvo pero que a diferencia dejó muchos muertos, ex-perseguido político desde el gobierno de Sánchez Cerro, además de ex-presidiario al ser acusado del asesinato del director de un viejo diario que ya nadie recuerda y luego absuelto por una desapercibida Corte Internacional de Justicia -aunque lo último me suene más a leyenda urbana. La verdad es que fuera de la Casa del Pueblo nadie lo conoce y seguramente ocurre similar por las calles de Trujillo. Alguien habrá de orinarse cerca a su tumba, ubicada al lado de la tumba huachafa que le levantaron a Haya de La Torre; por lo mismo, habrán de orinarse con justa razón, ya sea por desprecio o tirria o simple y ridículo descuido, cualquiera de ellas no deja de ser una anécdota graciosa (como para contársela a la novia de tu hijo mientras se toma leche fresca, se come queso y se da de comer a las palomas evitando alguna multa municipal). Pero no olvidemos a Enrique. Bueno pues, Enrique como buen aprista es soberbio, arrogante, facho extra-oficialmente y nació en Trujillo aunque muchas veces su mujer lo insulte de "limeño", lo cual se convierte en un gran motivo para volverlo iracundo como si el poner en tela de juicio su origen trujillano le restara prestigio a su calidad de aprista. Más allá por asuntos menos románticos, Enrique engañó a su esposa en diversas ocasiones con mi madre que seguramente estaba muy apetitosa a sus diecisiete años -yo la amo ¿por qué alguien más no querría amarla? Enrique se volvió loco de amor por ella a sus treinta años y abandonó esposa e hija, dinero, lugar en el Colegio de Abogados y seguramente el respeto de algunos por la calentura de cabeza que le dio aquella muchachita. En simples palabras, Enrique se fue a la mierda. Y sí que se fregó un tanto, al verse feliz a pesar de sus tragedias, se había enamorado de una coqueta mujer embelesada con una falsa doctrina (como ocurre hasta ahora, su fanatismo exacerbado que ha sacado de quicio a muchos). Pero, por favor, no olvidemos de nuevo a Enrique. Enrique siempre tuvo un carácter complicado, excepto para quienes nunca le dijeron que era un reverendo hijo de puta. Aún recuerdo verlo correrse de niños con moco acuoso resbalando de la nariz, porquería en las manos y ganas de saludarlo al querer sujetarlo de la pierna. Enrique, por otro lado más bochornoso, se encuentra circuncidado desde su pobre infancia para salvaguardar una idea alternativa de la higiene y un sentido más familiar de la religión y las buenas costumbres. Dije "pobre infancia" porque Enrique vivió sin un padre para mantener la economía de su familia hasta los trece años, cuando fue que recién lo dejaron en libertad. Enrique no se cansa de contar sus historias cuando niño -que son una maravilla por cierto- además de sus hazañas por Europa, como cuando estuvo a punto de casarse con la hija de un jeque árabe dispuesto a pagar la deuda externa latinoamericana y "etcétera". El asunto es que, a pesar de todo lo aquí contado, Enrique (ahora casi anciano) se siente frustrado y arrepentido por no haberse aventurado a otras opciones. No me lo dice, pero considera en gran parte su miseria por encontrarse sin dinero en los bolsillos. No sé qué pensar, y no interesa mucho a decir verdades. Enrique no le tuvo más miedo a la pobreza que a la misma mediocridad, pero eso él aún no lo sabe. Enrique ya se va, y todavía se resiste a obsequiarme a diario sus diez miserables soles.