Dios te salve

¿Acaso no ves/no logras alcanzar a sentir
cómo se quiebran las nubes en el cielo,
cómo súbitamente ha caído una gota de rocío
mientras la luz del sol fragmentaba tu ventana?

¿Te diste cuenta
cómo es que mi madre me trajo el almuerzo hoy
cuando no lo esperaba
y saber
que sus manos envolvieron con un secador blanco de tela vieja
los platos en los que ahora puedo alimentarme
y se encargó de mantenerlos calientes y rozagantes
y de hacerme creer que no importa, que lo hizo con descuido,
cuando no la esperaba;

cómo es que se me alborota el corazón,
las propias hormonas y se me asalta la vida
al siquiera tener la ligera sospecha
de que algo destruye dentro de mí
de inmediato/deprisa?
Es tarde, la gente sigue creyendo que llueve aquí. Calles, luces, de noche y una bulla abrumadora. Pasan cientos sin siquiera mirarse, cada uno aparentando tan mal el no estar pendiente de lo demás. Retener alguna imagen en la memoria, recordar ese delicioso sabor, sentirse satisfecho más allá de lo físico -con el alma, en su retórica de porquería, el aroma. Más que todo eso en un instante, las imágenes se convierten en miles; de esta manera, los sabores y los aromas y aquello que haya podido tocar. Y allí estaba América. 

No la esperaba, pero fue inevitable que detuviera el curso de natural de mis asuntos por algunos segundos. Sentí, como no había logrado sentir antes, esa calidez que desde hace muchos años había estado esperando y de la que recién me había percatado. La quiero- y, fue así, como le sumé un problema a mi programa y terminé por irme definitivamente al diablo.